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VACACIONES DESDE CASA


Conforme se acercan las vacaciones, uno, padre o madre ansiosos de dar a sus hijos lo mejor, espera poder ir a la playa, a una ciudad turística o cuando menos, salir de la rutina. A veces, porque generalmente esta es la que nos gana, y no porque lo deseáramos, si no más bien los recursos no son los suficientes para unas vacaciones de ensueño. Y este año así fue.

 Nuestras vacaciones transcurrieron desde casa, sobre todo ahora que he convertido mi hogar en mi centro de operaciones, entre telas, hilos, tijeras y papeles me la pasé la mayor parte del verano, mientras mis hermosos hijos, adolescentes en todo su esplendor, pasaban parte de sus vacaciones haciendo lo que mas les gusta hacer a los chicos de su edad... si, dormir. Por lo menos esas fueron sus intenciones a las cuales accedí un par de días, hasta que en medio de un alboroto de pedrería (si, hago vestidos) les pedí - de manera enérgica, debo confesar- que levantaran sus vigorosos cuerpos y se movieran y salieran de esa habitación a la que ellos llaman cariñosamente "nuestro pantano".
En otros días quede resuelta que íbamos a repasar lo estudiado, sobre todo matemáticas. Saque libretas y libros míos, pero no tomé en cuenta que mis calificaciones excelentes en álgebra habían sido hace más de 20 años. Colapsamos, quedamos que eso de enseñar matemáticas ya no era para alguien que se dedicaba más, digamos, a las artes. Afortunadamente existe ahora youtube, para mi desgracia, además de enseñar matemáticas, el youtube tiene más contenidos distractores, sobre todo si tienes 14 años y tu pasión es la música. 
Las semanas siguientes siguieron en paseos cortos dentro de la ciudad, caminando bajo el sol veraniego y con la frase constante de "me compras..." a cada tienda que pasamos. Sus gustos derivaron entre celulares, computadoras, accesorios electrónicos o cualquier cosa que, invariablemente, salia de nuestro presupuesto. Terminábamos comiendo helados, sentados en las bancas de las plazas. Por suerte si puebleamos, un día, suficiente para distraernos. Las ciudades mineras de mi estado son bellisimas, y su historia más aún. El paseo nocturno con relatos de terror  fue bastante inspirador.
En las últimas semana mis hijos consiguieron empleos temporales, dándoles una nueva sensación de poder y de madurez increíble. Los vi en acción hace días y me sorprendió lo bien que se desenvuelven en otro medio que no sea el familiar. Mi hijo mayor atendía a sus clientes con prontitud y con una agilidad que me maravilló... Si, ese chico pecoso al que tenía que rogar por las mañanas para que lavara su plato del desayuno, era el mismo que servía con prontitud a su clientela, con una sonrisa de oreja a oreja y el otro, el más chico, quien mueve sus ojos para arriba cada que tiene que cargar bolsas del mercado, es el mismo que ayudaba a subir y mover objetos con una fuerza que no le conocía. En estos días terminan sus empleos, sonrientes de que sus billeteras han engordado y ahora pensando que el dinero se gana con esfuerzo, pues no lo quieren gastar tan pronto...
Pensándolo bien, ahora que escribo, veo que nuestras vacaciones fueron más productivas de lo que creímos, las playas por ahora nos estarán esperando unos meses más, no urge, siempre estarán ahí. Cada parte de la familia tuvo sus lecciones, mis hijos, quiero pensar, que su aprendizaje fue el trabajo duro, pues además hubo trabajo en casa, los quehaceres que jamás acaban. Yo aprendí que mis hijos son diferentes a mi, y a veces uno quiere entretenerlos de la manera que uno se entretenía de chica, uno , a veces, quiere educarlos como nos educaron a nosotros, pero ese mundo ya no existe, ahora tenemos que actualizarnos y educarlos para el mundo que viene, el que les va a tocar. Cada generación es diferente, pero esta, en medio de tanta información y vorágine, un día de vacaciones en casa, viendo una vieja película, con palomitas y refrescos de sabores, es muy, muy, gratificante.  

Entre enfermedades te veas.

Hace días caí enferma, parece que un virus estomacal se ha apoderado lentamente de nuestra familia, de esos virus de 24 horas que te dejan encamada, prácticamente incapacitada. El primero que enfermó fue mi hijo mayor, sus constantes ires y venires se vieron reducidos a su habitación. Le llevé de desayunar a la cama y lo consentí como cuando era chiquito. Puso una película en la televisión y cayó dormido por horas. Al día siguiente despertó más vigoroso que nunca, y comiendo como si no hubiera un mañana, y, por cierto, mucho más alto. Después seguí yo, empecé con una sensación de quemazón en las plantas de los píes, para después seguir con un dolor de cuerpo de esas veces que hasta el cabello duele. Me acosté con el cuerpo más pesado que nunca y esperando que el sueño me noqueara para descansar, pero no pasó. Valga decir como fue el día siguiente, lleno de malestares, y sin ganas de pararme. Algo que hace diez años no me hubiera impedido hacer mis labores, me hubiera levantado con todo y dolores y malestares a hacer mis labores diarias. Pero esta vez me quede acostada. Mis hijos se levantaron y con un gesto muy tierno me tocaron la frente para comprobar si no tenia temperatura. El chico incluso me beso la frente y se acostó a mi lado, despacito, para no moverme y no despertarme, claro que llevaba más de ocho horas sin dormir. Se vistieron rápidamente y salieron a traer el desayuno... para mamá, claro, manzanas. Era lo único que podía imaginar comer sin sentir un nudo en el estomago. Se encargaron de acomodar la casa y tener todo lo más ordenado posible, y , tratando de no discutir entre ellos en el proceso, lo cual fue realmente imposible, pues entre el silencio alcanzaba a oír sus cuchicheos "Yo ya barrí, te tocan los trastes, vete para allá, no estorbes" Pero mientras dormitaba, acomodaron la casa y se sentaron en silencio a jugar, bajando el volumen de sus vídeo juegos. Cuando llego mi marido, su papá, se acomodaron conmigo en la cama a ver películas todo el día, haciendo de comer entre película y película. Para la noche ya me sentía mucho mejor, 24 horas después de que comencé a sentirme mal. Al día siguiente todo regresó a la normalidad, incluso aprovechamos el último día de vacaciones para ir a nadar. Pero aún así, cada que salían de la alberca, mojados y titiritando por el agua fría del balneario, me preguntaban si me sentía mejor  "Si, hijos, vayan a nadar" 
La siguiente víctima fue su padre, dos días después, pero ellos ya habían regresado a la escuela, así que no fue el afortunado receptor de sus atenciones ni de sus conversaciones, ni siquiera de sus peleas por la escoba y el  sacudidor. Yo lo consentí, regresé a mi labor de mamá y esposa que había dejado por incapacidad aquel día. Hasta ahí llegó el virus de 24 horas, pues mi hijo menor tiene una capacidad impresionante para las enfermedades. A tres de los cuatro de la familia nos tumbó, pero ahí estuvimos para apoyarnos . 
Escribo esto un diez de mayo, es día de las madres en México, y decidí que me apapacharan mis hijos, pero, no se si triste o felizmente, no puedo quedarme en cama mucho rato, pues, como además trabajo en casa, recordé que tenía varios pendientes. Pero agradecí su desayuno, y sus palabras. No soy mucho de regalos, pero disfruté enormemente las galletas de chocolate que me obsequiaron mis hijos y me consentí un poco haciendo lo que mas amo en la vida, dibujar y escribir. Pero debo de decir que la envidia me picó un poco al ver que los hijos de mis amistades publicaban en sus redes sociales el inmenso amor que sienten por sus madres, pero fue pasajero, pues es mejor vivir en la realidad, sin que nadie se entere de ciertas cosas, no hay necesidad. Además el amor se demuestra más con acciones que con palabras y,  si es así, mis hijos, ese día que caí enferma, me gritaron a los cuatro vientos todo el amor que me tienen. 

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