Entre enfermedades te veas.

Hace días caí enferma, parece que un virus estomacal se ha apoderado lentamente de nuestra familia, de esos virus de 24 horas que te dejan encamada, prácticamente incapacitada. El primero que enfermó fue mi hijo mayor, sus constantes ires y venires se vieron reducidos a su habitación. Le llevé de desayunar a la cama y lo consentí como cuando era chiquito. Puso una película en la televisión y cayó dormido por horas. Al día siguiente despertó más vigoroso que nunca, y comiendo como si no hubiera un mañana, y, por cierto, mucho más alto. Después seguí yo, empecé con una sensación de quemazón en las plantas de los píes, para después seguir con un dolor de cuerpo de esas veces que hasta el cabello duele. Me acosté con el cuerpo más pesado que nunca y esperando que el sueño me noqueara para descansar, pero no pasó. Valga decir como fue el día siguiente, lleno de malestares, y sin ganas de pararme. Algo que hace diez años no me hubiera impedido hacer mis labores, me hubiera levantado con todo y dolores y malestares a hacer mis labores diarias. Pero esta vez me quede acostada. Mis hijos se levantaron y con un gesto muy tierno me tocaron la frente para comprobar si no tenia temperatura. El chico incluso me beso la frente y se acostó a mi lado, despacito, para no moverme y no despertarme, claro que llevaba más de ocho horas sin dormir. Se vistieron rápidamente y salieron a traer el desayuno... para mamá, claro, manzanas. Era lo único que podía imaginar comer sin sentir un nudo en el estomago. Se encargaron de acomodar la casa y tener todo lo más ordenado posible, y , tratando de no discutir entre ellos en el proceso, lo cual fue realmente imposible, pues entre el silencio alcanzaba a oír sus cuchicheos "Yo ya barrí, te tocan los trastes, vete para allá, no estorbes" Pero mientras dormitaba, acomodaron la casa y se sentaron en silencio a jugar, bajando el volumen de sus vídeo juegos. Cuando llego mi marido, su papá, se acomodaron conmigo en la cama a ver películas todo el día, haciendo de comer entre película y película. Para la noche ya me sentía mucho mejor, 24 horas después de que comencé a sentirme mal. Al día siguiente todo regresó a la normalidad, incluso aprovechamos el último día de vacaciones para ir a nadar. Pero aún así, cada que salían de la alberca, mojados y titiritando por el agua fría del balneario, me preguntaban si me sentía mejor  "Si, hijos, vayan a nadar" 
La siguiente víctima fue su padre, dos días después, pero ellos ya habían regresado a la escuela, así que no fue el afortunado receptor de sus atenciones ni de sus conversaciones, ni siquiera de sus peleas por la escoba y el  sacudidor. Yo lo consentí, regresé a mi labor de mamá y esposa que había dejado por incapacidad aquel día. Hasta ahí llegó el virus de 24 horas, pues mi hijo menor tiene una capacidad impresionante para las enfermedades. A tres de los cuatro de la familia nos tumbó, pero ahí estuvimos para apoyarnos . 
Escribo esto un diez de mayo, es día de las madres en México, y decidí que me apapacharan mis hijos, pero, no se si triste o felizmente, no puedo quedarme en cama mucho rato, pues, como además trabajo en casa, recordé que tenía varios pendientes. Pero agradecí su desayuno, y sus palabras. No soy mucho de regalos, pero disfruté enormemente las galletas de chocolate que me obsequiaron mis hijos y me consentí un poco haciendo lo que mas amo en la vida, dibujar y escribir. Pero debo de decir que la envidia me picó un poco al ver que los hijos de mis amistades publicaban en sus redes sociales el inmenso amor que sienten por sus madres, pero fue pasajero, pues es mejor vivir en la realidad, sin que nadie se entere de ciertas cosas, no hay necesidad. Además el amor se demuestra más con acciones que con palabras y,  si es así, mis hijos, ese día que caí enferma, me gritaron a los cuatro vientos todo el amor que me tienen. 

1 comentario:

  1. Me ha encantado el post, yo no tengo hijos, pero debe de ser fabuloso que se preocupen así por uno y le cuiden.

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